miércoles, 4 de enero de 2017

EL GRITO


Se giró al escuchar el grito angustiado de su madre. No tuvo tiempo de oír más.

Aquella noche, decían que era Nochebuena y mañana Navidad. El niño no entendía por qué aquella noche iba a ser diferente cuando todas las noches, y los días, eran más bien un infierno. Unido al horror de la destrucción sistemática usando la coartada de la autodefensa, se estaba produciendo el enfrentamiento de la propia gente separada en facciones irreconciliables. Con nefastas consecuencias para la población que sufría hambre, persecución y miseria. Situación extrapolable a numerosas regiones mundiales, víctimas de los mismos odios y violencia.

Él, desconocía las formas y los medios que en otras partes del mundo la población infantil disponía para su disfrute. No sabía el significado de la palabra juguete. Para este menester utilizaba, junto con sus amigos, cascotes de metralla o munición sin explotar que de vez en cuando se cobraba su tributo en la vida de alguno de aquellos infantes inocentes y desgraciados.

Ya, en alguna ocasión, habían consumado alguna correría contra «el enemigo». En su inconsciencia, emplearon los temibles proyectiles ya utilizados por David contra Goliat. Quizá por eso, sabedores de los devastadores efectos de esa munición, «los invasores» portadores de la ignominia, se empleaban sin piedad en la erradicación de tan peligrosos atacantes.

Le habían contado, que una estrella guiaba hasta su pueblo a unos reyes magos los cuales buscaban a un Niño para adorarle. Esto le hacía pensar sino serían los invasores enviados del moderno Herodes que, según el relato, mandó ejecutar a todos los niños del pueblo. Dados los desproporcionados medios empleados y la falta de piedad demostrada, poco parecía haber avanzado la humanidad desde entonces, pues la historia se repetía a diario por todo el mundo.

A través de la ventana sin cristales de lo que había sido su casa, pudo ver una enorme estrella que iluminaba todo el entorno. ¡¡El cielo se hunde!! Creyó. Aunque a continuación razonó ¿Los Reyes Magos? Sin pensarlo, salió corriendo por entre los escombros para apreciar mejor el acontecimiento. ¿Dónde están los reyes? se preguntó. Se volvió y a la luz de la estrella pudo ver al monstruo acorazado y agazapado que giraba hacia él. Se volvió al escuchar el grito angustiado de su madre. Un destello inesperado lo deslumbró y aturdió; cuando se recuperó del susto, encontró a su lado a otro niño que irradiando luz y paz le sonreía; y que dándole la bienvenida y ofreciéndole su mano, le invitaba a seguirle.

Y entonces comprendió porqué, a aquella noche, la llamaban Nochebuena.